martes, 28 de abril de 2015

Nuestro monumento a la vergüenza



“Es evidente que no hay que tener pena de la muerte. Innumerables y justificadas han sido nuestras quejas para permitirnos ahora caer en sentimientos de piedad que en ningún momento del pasado ella tuvo la delicadeza de manifestarnos, pese a saber mejor que nadie cuánto nos contraría la obstinación con que siempre, costara lo que costara, hace su voluntad. Pero no obstante, al menos durante un breve momento, lo que tenemos delante de los ojos se asemeja a la estatua de desolación que a la figura siniestra que, según dejaron dicho algunos moribundos de vista penetrante, se presenta a los pies de nuestras camas en la hora final para hacernos una señal semejante a la de enviar las cartas, pero al contrario, es decir, la señal no dice ve allá, dice ven aquí. Por algún extraño fenómeno óptico, real o virtual, la muerte parece ahora más pequeña, como si la osamenta le hubiese encogido, o quizá siempre fue así y son nuestros ojos, de acuerdo con nuestros miedos, los que hacen de ella una gigante. Pobrecita de la muerte. Nos dan ganas de ponerle la mano en su duro hombro, diciéndole al oído, o mejor, en el sitio donde lo tenía, debajo del parietal, algunas palabras de simpatía, No se enfade, señora muerte, son cosas que suceden, nosotros los seres humanos, tenemos gran experiencia en desánimos, fiascos y frustraciones, y mire que ni eso nos hace cruzarnos de brazos, acuérdese de los tiempos antiguos cuando nos arrebataba sin dolor ni piedad en la flor de la juventud, piense en este tiempo de ahora en que, con idéntica dureza de corazón, le sigue haciendo lo mismo a la gente que más carece de lo que es necesario para la vida, es probable que le hayamos ayudado a ver quién se cansaba primero, si usted o nosotros, comprendo su pena, la primera derrota es la que más duele, después nos habituamos, en cualquier caso no se irrite si le digo que ojala no sea la última, y no es por espíritu de venganza, que sería pobre venganza, algo así como sacarle la lengua al verdugo que nos va a cortar la cabeza, a decir verdad, nosotros, los humanos, no podemos hacer mucho más que sacarle la lengua al verdugo que nos va a cortar la cabeza, será por eso que siente una enorme curiosidad por saber cómo va a salir del lío en que está metida, con esa historia de la carta que va y viene y de ese violonchelista que no podrá morir a los cuarenta y nueve porque ya ha cumplido los cincuenta. La muerte hizo un gesto de impaciencia, se sacudió bruscamente del hombro la mano fraternal con que la consolábamos y se levantó de la silla. Ahora parecía más alta, con más cuerpo, una señora muerte como debe ser, capaz de hacer temblar el suelo debajo de sus pies, con la mortaja arrastrando y levantando humo a cada paso. La muerte está enfadada. Es el momento de sacarle la lengua”. 

Las Intermitencias de la Muerte – José Saramago, pp. 171 y 172

La palabra “monumento” se deriva del latín “monumentum”; el cual originalmente significaba “memorial”, lo que tiempo después pasó a convertirse en “recordar”. En Estados Unidos, el Servicio de Parques Nacionales define un monumento como aquel edificio o punto de referencia, ya sea natural o artificial, que tiene una significación histórica o una distinción científica. Asimismo, dicha palabra también se refiere a un objeto que sirve para honrar a una persona o recordar un suceso histórico. 

Y es que a lo largo del devenir de la humanidad, cientos de esculturas y monumentos se han erigido, gracias a los esfuerzos de hombres que por medio de diferentes herramientas y materiales, dando múltiples formas y diseños; y atribuyendo a los mismos una infinidad de razones, apuntando a que ciertos sucesos trascendentales queden en la memoria de la colectividad para siempre. 

Haría falta un espacio muy grande para enumerar cada uno de esos monumentos, pero entre los más conocidos podemos nombrar a la Estatua de la Libertad, el Ángel de la Independencia, el Arco del Triunfo, el Cristo Redentor, la Torre Eiffel, el Coliseo Romano, el Taj Mahal, la Gran Muralla China, las pirámides de Giza, las esculturas Toltecas, la Acrópolis de Atenas, el Monte Rushmore, la Catedral de Notre Dame; en fin, entre muchos otros que agregaríamos a una lista interminable. 

Sin embargo, como bien lo hemos comentado, esos monumentos han servido como máquinas del tiempo, que nos sirven para recordar las diferentes épocas de la humanidad y tener una idea de los acontecimientos que marcaron a la misma. Pero, también debemos saber una cosa: así como existen monumentos, también existen “anti monumentos”. 

Pero, ¿qué diferencia hay entre uno y otro? Debemos partir de que ambos son obras que el ser humano ha realizado para dar cuenta de acontecimientos históricos, sin embargo, la diferencia radica en la legitimación ideológica que guarda cada uno de ellos. Es decir, mientras el monumento tiene como finalidad celebrar un momento trascendental en la historia, el anti monumento se encarga de evidenciar todo lo posible respecto a un hecho (conocido pero algunas veces omitido) que puede condenar al olvido a los sucesos o personajes que pretenden recordar. 

De esta forma, artistas, diseñadores, arquitectos o bien personas comunes, se han dado a la tarea de invertir dicha legitimación ideológica que muchas veces se ha pretendido imponer, para que ciertos eventos no pasen al olvido, sino que se mantengan en el inconsciente colectivo. 

Así podemos mencionar una lista también de algunos de los anti monumentos más famosos: el Muro de Berlín, el Monumento contra el fascismo, el Muro que divide Cisjordania, la frontera entre México y Estados Unidos, el Cementerio de Auschwitz y quizá el más reciente; el anti monumento por los 43 en paseo de la Reforma. 

La sociedad se encuentra inmersa en tiempos electorales que son acompañados y en muchos de los casos oscurecidos por la sombra de la muerte que sigue rondando de norte a sur por nuestro país. La violencia cual animal furioso, se desata día con día en entidades como Tamaulipas, Chihuahua, Sinaloa, Morelos, Guerrero, Estado de México y muchos otros. La autoridad se ha lanzado a una guerra en contra de los poderosos cárteles de la droga, asestando golpes importantes a la organización pero sin poder causa un daño real a la estructura financiera y armamentística de los mismos. 

En tanto eso pasa, los partidos políticos también se han volcado en una batalla por lograr atraer más adeptos a sus filas. Cientos de millones de pesos gastados en campañas que ridiculizan a los candidatos opositores, optando por sacar “sus trapitos al sol” en lugar de establecer propuestas respecto a políticas públicas que de verdad favorezcan a los ciudadanos y no a unos cuantos. 

Ante tal situación, la ciudadanía se encuentra en medio del conflicto, sin saber qué hacer o a donde ir. La autoridad y los criminales tienen sus respectivas trincheras desde las cuales se atacan unos contra los otros; y en el centro nos encontramos nosotros; carentes de una visión sobre qué bando apoyar.

No obstante, parece que hemos olvidado algo. Nosotros también tenemos un papel importante dentro de esa guerra. Quizá el más trascendental pero que sin embargo; hemos abandonado. Y no porque haya sido parte de nuestro deseo, sino porque no contamos con la capacidad de levantar la voz y poner un alto. 

Nos hemos encogido y hemos pasado de ser protagonistas a lo largo de la historia, para convertirnos en un papel secundario o en el doble o extra de la película, aquel que sufre los golpes, las heridas y los choques que los “actores” que gobiernan no pueden aguantar y de los cuales no quieren ensuciarse; hasta el punto de morir sin que nos recuerden o mencionen en los créditos de la historia que acontece en nuestra cotidianeidad. 

Y así, con la velocidad con que pasa el tiempo, también se han ido 7 meses de lucha, de resistencia civil y de un grito unisonó que debido al conflicto que hemos descrito líneas arriba, pareciese opacarse y como le ocurrió a muchos otros movimiento; quedar rezagado y apartado del inconsciente colectivo y colocarse en la caja de verdades que nos duelen pero que deseamos ocultar. 

Y mientras eso pasa, los padres de aquellos 43 estudiantes normalistas han recorrido casi toda la República Mexicana y aunado a la desesperación que brota de las almas de un progenitor que no sabe, que no tiene información real y fehaciente que le indique si su prole se encuentra con vida o no; le ha dado por viajar a Estados Unidos y a otras partes del mundo para que su grito y su ruego sean escuchados por alguien que le proporcione un cobijo, un aliento de fe y de ánimo, un abrazo solidario, elementos que la sociedad a la cual pertenece, le ha negado y le está obligando a rendirse respecto a su lucha.

Ante la frívola realidad, el movimiento normalista ha optado por erigir un anti monumento; que sirva como la materialización del grito “¡Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos!”, originado tras la desaparición de los jóvenes que el 26 y 27 de septiembre del año pasado, se fueron sin dejar rastro alguno; con tal de exigir justicia para las victimas caídas en tales fechas y que asimismo sea un instrumento para contrarrestar el olvido que la sociedad parece establecer a ese acontecimiento de nuestra más reciente historia. 

Y es que al final de todo, obras de este tipo, son la manera más fácil de decirle a la humanidad que no se olvide de ciertos eventos que han ocurrido y de los cuales muchas veces parece que olvidamos o en otros casos, negamos como parte de nuestra historia. 

Estos lugares y estos anti monumentos son las cicatrices en la piel de la humanidad. Heridas que no se han cerrado, llagas por las que brota el dolor de los cientos de miles de personas que han muerto, que han caído o que han desaparecido como es el caso de estos jóvenes; lesiones y laceraciones que los regímenes que gobiernan o los grupos delincuenciales se han encargado de realizar y ante las cuales, en lugar de hacer un llamado general para cerrarlas y luchar para que no ocurran nuevamente, siguen abiertas como un símbolo de la vergüenza que a veces suele propagar y demostrar el ser humano con sus acciones. 

Estigmas que continúan latentes y que en tanto se solucionan, las victimas se han lanzado en marchas, manifestaciones y movimientos sociales para decirle a la humanidad que no olvide tales eventos; que a pesar de la crudeza que representan debido a que en el mayor de los casos son el resultado de la crueldad humana, deben continuar vivos en las mentes de nosotros como ciudadanos con el objetivo de dar cuenta de épocas poco felices y que se erigen en nuestros corazones como verdaderos monumentos a la vergüenza.

Porque finalmente, el objetivo de esos anti monumentos no es causar malestar en nuestra sociedad, sino por el contrario, son las herramientas perfectas para no olvidar lo malo que nuestros antecesores o que nosotros mismos llegamos a realizar en contra de nuestros símiles para que en el futuro puedan evitarse actos como los descritos anteriormente; para que en un tiempo no muy lejano no solo veamos humanos sino también observemos ese toque de humanidad que le hace falta a nuestras acciones. 

Mientras tanto, los monumentos a la vergüenza continuarán ahí; siendo velados por los ciudadanos que se han dado a la tarea de vigilarlos, de alzar la voz, de no callar y de continuar una lucha que no es solamente de unos cuantos, sino de todos juntos. 

No bajemos la guardia, ahora más que nunca...la muerte está enfadada. Es el momento de sacarle la lengua.

martes, 14 de abril de 2015

Déjà vu: de Ferguson, Madison y Charleston



“Pero, cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.”

– Martin Luther King;  discurso delante del monumento a Abraham Lincoln en Washington, DC, durante una histórica manifestación de más de 200,000 en pro de los derechos civiles para los negros en los EE.UU. 28 de agosto de 1963.


Múltiples han sido los discursos frente a diversos auditorios, que a lo largo de décadas se han convertido en testigos de la magnificencia, de la elocuencia, de la retórica y de un profundo sentir por parte de sus emisores, quienes ante la búsqueda de la igualdad y la justicia han proclamado por medio de sus palabras el anhelo, el deseo y el sueño de que los derechos humanos sean protegidos y respetados, sin importar la clase, el género, la nacionalidad o el color de piel de las personas.

Mahatma Gandhi, Nelson Mandela, John F. Kennedy, Martin Luther King, entre muchos otros, han sido algunos de los personajes más significativos respecto a la lucha por conseguir mejorar los derechos civiles de las personas, fomentando el respeto y la protección de las prerrogativas fundamentales que por el hecho de ser humanos, cada uno de ellos tiene. 

No obstante, a pesar de haber logrado grandes avances en proporción de los objetivos con los que iniciaron sus respectivos movimientos, pareciese que hoy en día la violencia se encuentra más latente y es mucho más real en todo el mundo. 

Basta con el sólo hecho de encender la televisión, de leer el periódico o de conectarse en alguna de las variadas redes sociales que existen; para ser testigos de la realidad que acontece en nuestras localidades, en nuestros estados, en nuestro país o bien en otras partes del mundo. 

“1963 no es un final, sino un principio”; así recitaba Luther King en aquella ocasión cuando frente a una multitud cansada por la segregación y la violencia racial, el activista que encabezaba una lucha pacifista declaraba en lo que más adelante sería conocido como uno de sus más famosos discursos, el cual fue denominado: “Tengo un sueño”. 

Sin embargo, aquel sueño de Luther King parece seguir latente en las vidas ya no solamente de los diversos grupos raciales que componen a los Estados Unidos de América, sino de cada uno sus habitantes.

Lejos de haber ganado una batalla social, la lucha por la segregación y violencia racial respecto de las minorías en EE.UU, sigue teniendo asuntos pendientes hoy en día; puesto que los acontecimientos recientes solamente han arrojado más pruebas de que el malestar por las injusticias sociales y los abusos por parte de las autoridades hacia los grupos vulnerables en aquel país, continua latente a 52 años de aquel mítico discurso proclamado en nombre de la libertad, la igualdad y la justicia. 

Tras lo ocurrido en Ferguson el 9 de agosto del año pasado, cuando Michael Brown, un estudiante de raza negra fue abatido a tiros por el oficial de policía Darren Wilson; como si se tratase de un “déjà vu”, recientemente han ocurrido hechos similares primero, en Madison, Wisconsin; cuando un joven negro de 19 años murió por la noche tras ser baleado tras un altercado con el policía, y el caso de Walter Scott, un afro estadounidense de 50 años y padre de cuatro hijos quien fue muerto a tiros en un parque de Charleston, Carolina del Sur, luego de haber sido el blanco de los disparos provenientes del arma de otro oficial de policía. 

Tales situaciones reflejan que aquel sueño que promulgaba Luther King, aún continua sin materializarse y sin hacerse posible por completo. Y es que, a pesar de que se consiguieron grandes avances en la lucha por los derechos civiles de las personas de color y de otras minorías, hoy en día la realidad parece indicar que todo va en retroceso. 



Cinco décadas después de aquellos movimientos pacifistas que buscaban la igualdad y el respeto, así como el fin de la violencia generada por la segregación racial, ha sido el propio presidente de los Estados Unidos de Norteamérica (quien además es el primero de raza afroamericana en ocupar tal cargo) quien recorrió hace unos meses uno de los lugares dentro de los cuales Luther King encabezo una marcha sobre el puente Pettus, el cual se ubica en Selma, Alabama; con lo cual conmemoró los triunfos logrados por aquel personaje al que tantas veces ha citado y ha dado las gracias, pues como lo expresa el mandatario; fue uno de los que hicieron posible su llegada a la presidencia.

Aunado a dicha conmemoración, el presidente Barack Obama expresó que en muchas ocasiones se comete el error de sugerir que el racismo no existe, que ha terminado, que el trabajo impulsado por figuras como el reverendo Luther King y muchos otros defensores de los derechos civiles y humanos de las minorías en Estados Unidos, se han completado y que sin embargo, todavía hoy en día permanecen tensiones originadas como consecuencia de que muchas personas utilizan la raza para su provecho. 

Queda claro que el movimiento que se realizó durante los años 60, implicaba la búsqueda de una igualdad civil, en donde se exigía el derecho para votar, lo que suponía el principal obstáculo respecto a la participación dentro de la democracia, así como también eliminar las leyes que resultaban discriminatorias y mediante ellos abrir la puerta a las personas de raza negra para ingresar en el terreno de la política. 

Sin embargo, ante los hechos que han ocurrido en los años y meses recientes en el país del norte, queda claro una cosa: las violaciones a derechos humanos, el irrespeto por el color de piel, por las creencias religiosas y por el origen étnico de las personas que en él habitan, así como los diferentes medios de discriminación; continúan latentes en la actualidad y se presentan constantemente, sin que nada ni nadie pueda poner un alto. 

Basta solamente con abrir los ojos a la realidad que se presenta en Estados Unidos, puesto que son más y más los hechos que demuestran la grave situación que atraviesa la población afroamericana frente a los abusos de la autoridad; y que a pesar de las marchas y manifestaciones que se han realizado para exigir un alto a la violencia racial, el problema central continua creciendo y suscitándose más a menudo y con mayor frecuencia. 

Para un país con una población que se compone de diferentes razas y creencias, y que ha sido ello el pilar por el que se ha sostenido durante su historia misma; es claro que la lucha que Martin Luther King inició sigue y seguirá vigente. 

Y tal como lo dijo el presidente Obama: “si de verdad queremos honrar aquel día, regresemos a Washington con el compromiso de restaurar la ley”... todo en pro de la libertad y de la igualdad, de la justicia y del respeto hacia los derechos civiles y humanos tanto de las personas de color, como del resto de seres humanos que integran a este país tan rico y basto en razas. 

Sólo así, el sueño podrá ser realizado. 


lunes, 12 de enero de 2015

Sobre el deber de escribir

“Mi papá lleva años despidiéndose. “Cuando sea flor...”, nos previene. Por fortuna, he alcanzado la madurez a su lado. Justo ahora, cuando mi amor por él alcanzó su plenitud, es el momento: yo también quiero honrar a mi padre, que nunca será flor. Será árbol.”

– María Scherer Ibarra 

La vida. ¿Qué sería la vida de cada uno de nosotros sin el lenguaje, sin la escritura o sin la lectura? Es en ese orden en que el ser humano aprende a comunicarse con otros. Tales elementos son indispensables para el desarrollo de nuestro pensamiento; tanto que sin ellos nada existiría en nuestra mente.

En los inicios de la humanidad, la situación para comunicarse debió resultar frustrante, agobiante o estresante para nuestros antepasados, quienes buscaban la manera para expresar sus ideas o pensamientos e informar a sus semejantes; y si en dado caso entendían lo que el emisor del mensaje les estaba diciendo, el siguiente problema se presentaba a la hora de recordar dicha información. Ante ello, el hombre se vio en una necesidad superior a otras para conocer y sobrevivir al mundo que se presentaba ante sus sentidos, tanto que sobrevino a él la invención de la escritura como el medio perfecto para la existencia y conservación tanto de su especie como de su pensamiento, que en muchas ocasiones corrió el riesgo de extinguirse.

En la actualidad el mundo que nos rodea se encuentra en constante expansión, movimiento y transformación, por lo que requerimos conocer e informarnos acerca de lo que ocurre a nuestro alrededor; ya que al igual que nuestros primeros antepasados, la supervivencia nunca está garantizada...menos en los tiempos modernos.

Las nuevas tecnologías han hecho posible que la información que se presenta en los rincones más inhóspitos del mundo llegue a nosotros con tan solo un clic. La comunicación actual ha permitido al ser humano guardar en su memoria su propia historia; además de hacerle notar la importancia de contar con ella.

No obstante, a pesar de las gentilezas y los múltiples beneficios que la tecnología nos ofrece para tener una perspectiva del mundo actual, hoy en día existen murallas, barreras o cercas que limitan el conocimiento de sucesos que trascienden a nuestra existencia y que de manera directa o indirecta afectan nuestro entorno.

¿A qué me refiero? Bueno, a una diversidad de factores sociales, económicos, políticos y culturales que dificultan el acceso a la información. Muy a pesar de contar con los avances científicos a los que nos hemos referido, el ser humano se enfrenta a fronteras que limitan la comprensión de lo que acontece a su alrededor. Y es que la finalidad de la escritura solamente puede cumplirse cuando se práctica también la lectura y en consecuencia, cuando dicha información se entiende; pues solamente de esa forma el hombre puede tener una idea clara y precisa de lo que está ocurriendo dentro del contexto en el que desarrolla sus actividades.

Hace tiempo, publiqué un artículo titulado “Del placer de escribir”. En aquella ocasión, mencionaba que la palabra es el elemento que le da sustancia a nuestra comunicación, puesto que para el desarrollo de cualquier cultura es necesaria la existencia de una verdadera comunicación, pero que además de ello, el hombre luche por que ésta exista y no se quede en el olvido. No obstante, en dicha publicación me referí al placer que el hombre halla en la lectura y mediante la cual puede interpretar a su gusto lo que las palabras le digan, siendo esto la pauta para que evitemos a toda costa quedar como simples espectadores de los mensajes que el mundo y la vida nos presentan.

Pero qué pasa cuando el escribir toma otra dirección que va más allá del placer por hacerlo. Qué ocurre cuando el ejercicio intelectual que materializamos mediante las palabras se torna un deber.

El Diccionario de la Real Academia Española define a la palabra “deber” como:  
  1. Estar obligado a algo por la ley divina, natural o positiva.
  2. Cumplir obligaciones nacidas de respeto, gratitud u otros motivos.
  3. Tener obligación de corresponder a alguien en lo moral.
Las tres definiciones son correctas y además entendibles. Pero me quedaré con la tercera. Y esto lo hago porque de esa forma es que sustentaré el resto de este escrito.

El 7 de abril de 1926, la Ciudad de México tuvo la dicha de ver nacer a uno de los tantos hijos prodigo con los que ha contado a lo largo de su historia y como si así lo destinase, el pasado 7 de enero del presente año (2015) despidió uno de sus descendientes.

Periodista y escritor mexicano; Julio Scherer García inició su carrera en el periódico Excélsior, en donde ocuparía la dirección de ese diario en el año de 1968, cosa que acabó por repercutir en sus estudios y que finalmente acabaría por obligarlo a abandonar la carrera de Derecho y Filosofía a las cuales se había perfilado; todo esto debido al gusto que tomó por escribir en dicho diario.

Sin embargo, tras un buen tiempo al frente de una editora como lo era Excélsior, y debido a los textos críticos que realizaba hacia los gobiernos de Gustavo Díaz Ordaz y a su sucesor, Luis Echeverría Álvarez, fue éste último quien llevó a cabo una asamblea en 1976 para que se designase al nuevo director general del referido periódico. 
 
Pero antes de que fuese sustituido, Julio Scherer abandonó aquel diario junto a una manada de feroces colaboradores, entre los que destacaban: Vicente Leñero, Carlos Monsiváis y Miguel Ángel Granados Chapa.

De esa forma, el 6 de noviembre de ese mismo año y con la ayuda de Vicente Leñero, Scherer García fundaría el semanario Proceso, el cual alcanzaría las cien mil impresiones para su primera publicación.

Al igual que su primer empleo, el periodista de tiempo completo se convertiría en el director de la revista, cosa que realizó hasta 1996 sin hacer a un lado el ideal crítico respecto de las acciones u omisiones por parte del gobierno federal y de sus diversos órganos y encargados que lo componían. En consecuencia, la revista que dirigía logró consolidarse y convertirse en uno de los semanarios políticos más importantes en México.

Hombre de un pensamiento e ideal completísimo, buscador de la verdad y entregado al limite a la labor que desarrollaba, Scherer García se embarcó en un viaje en el cual las palabras y la escritura fueron su más noble tripulación, trayendo consigo múltiples reconocimientos y sin embargo, también un sinfín de repercusiones políticas por el tono de sus publicaciones, las cuales siempre contaron con la veracidad que en ocasiones el periodista común olvida y tergiversa.

Recordando lo que opté para definir a la palabra “deber”, es que ahora logró ver en Julio Scherer García a esa persona que se obligó a corresponder no sólo a una persona, sino a todo un país en un compromiso moral como lo es el escribir a favor de la verdad.

México se enfrenta a una de las peores situaciones relativas a la seguridad pública. Y en ese ambiente, en ese contexto es que la vida misma decidió llevarse a Don Julio quizá para devolvernos a nosotros como ciudadanos el deber de escribir, de informar, de comunicar y de continuar la lucha para que un derecho como lo es la libertad de expresión no se restrinja sino que por el contrario, se funde como uno de los pilares básicos para la transformación de nuestro país.

Así como ha sucedido con otros intelectuales de nuestra época, México va a extrañar a Julio Scherer.

Más allá de haber tenido la experiencia de haber entrevistado a un sinfín de personajes, entre los que se destacan el Subcomandante Marcos, Sandra Ávila Beltrán mejor conocida como “La Reina del Pacifico” quien fue detenida en septiembre de 2007; y quizá el caso más polémico cuando Ismael Zambada, líder del cártel de Sinaloa y uno de los hombres más buscados en el país; Scherer García será recordado como una persona inteligente, sencilla, humilde y con un legado periodístico tan notable como excepcional.

Hombre extraordinario, logró confrontar todos los obstáculos que se fueron presentando a lo largo de su vida y de su trayectoria periodística; con el único afán de dar a conocer la verdad y la realidad de nuestro país; más allá de las fronteras que se erigen ante el pueblo y el ciudadano con el fin de evitar que tenga conocimiento de las circunstancias a lo rodean y que pocas veces toma en cuenta para luchar por su futuro.

Mi reconocimiento a uno de los personajes más importantes que México tuvo el privilegio y la dicha de traer al mundo y que aludiendo a una de las tantas frases por las que lo recordaremos; Don Julio se va pero deja un legado y un deber no sólo para periodistas y reporteros, sino para todos en general: si el diablo les ofrece una entrevista, hasta los infiernos hay que ir...todo a favor de buscar la verdad, siempre. 

jueves, 30 de octubre de 2014

Pienso, luego...me desaparecen




“La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida.”

– Octavio Paz
 



“Presionado por los gobiernos de los tres países limítrofes y por la oposición política interna, el jefe de gobierno condenó la inhumana acción, apeló al respeto por la vida y anunció que las fuerzas armadas tomarían de inmediato posiciones a lo largo de la frontera para impedir el paso de cualquier ciudadano en estado de disminución física terminal, ya fuera el intento por iniciativa propia, o determinado por arbitraria disposición de los parientes [...] Durante dos semanas el plan funcionó más o menos a la perfección, pero a partir de ahí, unos cuantos vigilantes comenzaron a quejarse de que estaban recibiendo amenazas por teléfono, conminándolos, si querían vivir una vida tranquila, a hacer vista gorda al tráfico clandestino de pacientes terminales, e incluso cerrar los ojos por completo si no querían aumentar con sus propios cuerpos la cantidad de personas de cuya observación habían sido encargados [...] Ante la gravedad de la situación, el ministro del interior decidió mostrarle su poder al desconocido enemigo, ordenando por un lado, que los espías intensificaran la acción investigadora [...] La respuesta fue inmediata, otros cuatro vigilantes sufrieron la triste suerte de los anteriores, pero, en este caso, hubo una llamada telefónica, dirigida al ministerio del interior, que lo mismo podría entenderse que era una provocación o una acción determinada por la pura lógica, como quien dice, ‘Nosotros existimos’. El mensaje, sin embargo, no acababa aquí, traía anexa una propuesta constructiva, ‘Establezcamos un pacto de caballeros’, dijo la voz del otro lado; el ministerio manda que se retiren los vigilantes y nosotros nos encargamos de transportar directamente a los pacientes, Quiénes son ustedes, preguntó el director del servicio que atendió la llamada, Sólo un grupo de personas amantes del orden y de la disciplina, gente de gran competencia en su especialidad, que detesta la confusión y cumple siempre lo que promete, gente honesta en definitiva, Y ese grupo tiene nombre, quiso saber el funcionario, Hay quienes nos llama maphia, con ph, Por qué con PH, Para distinguirnos de la otra, de la clásica, El Estado no hace acuerdos con mafias, En papeles con firmas reconocidas por notario, claro que no, Ni de esos ni de otros...” 

– Las intermitencias de la muerte; José Saramago (pp. 58, 59, 60)

El escenario es un país que no tiene un nombre determinado. Un país en cuyo sitio la muerte, como bien lo comenta el autor de esta magnífica obra literaria; decide suspender su trabajo letal y en consecuencia, la gente deja de morir. Al principio se desata una euforia colectiva, todo el mundo está contento, la inmortalidad existe y solamente sirve para aquellos que habitan dicha nación. Sin embargo, la cosa poco a poco comienza a cambiar. La desesperación sale a flote cuando miles de enfermos que se encuentran en un estado terminal abarrotan las camas de los hospitales, los pensionados y jubilados continúan cobrando dinero al Estado, el cual se ahoga en deudas públicas ante la insuficiencia de los servicios públicos para satisfacer las necesidades de la población que está destinada a vivir por siempre, el clero no logra comprender el fenómeno que tiene en frente y mucho menos consigue dar respuestas al por qué de tal suceso; las funerarias y aseguradoras caen en la quiebra, limitándose ahora a cubrir la demanda de mascotas domesticas que han muerto; los países aledaños se lamentan en un principio de no tener esa suerte; pero al ser testigos de la locura y el desorden que se vive ahora, celebran que en sus respectivos territorios la gente si pueda morir. Es entonces que surgen grupos delictivos que se lanzan en una cruzada para “forzar” a la muerte a matar aunque ésta no quiera. Se crean pactos de caballeros y acuerdos detrás de la esfera pública, mediante los cuales funcionarios y gobernantes se corrompen y mediante el poder político que tienen reservado, legitiman la acción de las mafias e incluso de las familias, para que puedan desaparecer, eliminar y hacerse cargo de aquellas personas que ahora, por la situación en la que se desarrolla la historia, se han convertido en estorbos inamovibles; y que solamente mediante su traslado hacia fuera de las fronteras de su patria, pueden conseguir mediante su ayuda, que la propia muerte despierte de su letanía y cumpla su cometido con ellos. 

La noche del 26 de septiembre del año en curso, un grupo numeroso de aproximadamente 80 estudiantes adscritos a la Escuela Normal Rural, “Raúl Isidro Burgos”, se dirigían hacia Chilpancingo, provenientes de Iguala, para realizar una colecta al día siguiente. Secuestraron tres autobuses y subieron a bordo de ellos. 

Al salir de la central camionera, elementos de la policía municipal señalaron a los estudiantes, argumentando que estos eran delincuentes, por lo que intentaron bloquearles el paso con sus patrullas e incluso, con el atrevimiento de disparar sus armas hacia ellos. Los normalistas descendieron de las unidades, más sin embargo la policía municipal no paró el fuego, al contrario los persiguieron y de paso hirieron a uno de ellos. 

Un camión que transportaba a un equipo de fútbol de tercera división, denominado “Los Avispones”, también recibió disparos, debido a que en la confusión, los policías creyeron que también eran normalista; provocando que el vehículo en el que viajaban cayera en un barranco y murieran el chofer junto con un chico de 14 años de edad. 

Los estudiantes lograron dispersarse y huir de las balas de la policía. No obstante, regresaron un par de minutos después para convocar a algunos medios e informar lo que había ocurrido. En el transcurso de esta situación, arribó al lugar una camioneta de la cual bajaron varias personas, quienes portaban armas; con las que dispararon a la multitud, matando a otros dos estudiantes y trayendo como resultado a varias personas heridas. 

Al día siguiente, los estudiantes acudieron a la Fiscalía de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero, en busca de sus compañeros que habían sido detenidos por los elementos de la policía, a lo cual tuvieron como respuesta por parte del Director de Seguridad Pública la negativa de que no se había detenido a ningún estudiante. 

Los estudiantes hicieron un recuento de lo sucedido y se percataron que 56 de sus compañeros estaban desaparecidos. Más tarde, el Ministerio Público les informó que cerca del lugar donde ocurrieron los hechos, fue encontrado el cadáver de uno de sus acompañantes, el cual mostraba signos de que había sufrido tortura física y que además tenía el rostro mutilado. 

Dos días después, el 29 de septiembre 13 de sus símiles aparecieron...sin embargo, 43 de ellos continúan desaparecidos. 

Transcurren los días. Se ha cumplido un mes. A lo largo de ese tiempo se han descubierto una decena de fosas en las que se han hallado los cuerpos de al menos treinta y ocho personas. Han sido detenidas por lo menos cincuenta y siete más, de las cuales figuran policías y servidores públicos. El gobernador de un estado ha renunciado. El alcalde de aquel lugar donde ocurrieron los hechos ha escapado, pues la justicia lo busca para responder ante tales actos. Edificios de gobierno han sido asaltados, destruidos y recientemente se ha encendido fuego dentro de ellos. 

Ante un escenario tan desolador, uno se preguntaría ¿qué país es ese donde un grupo de 43 estudiantes desaparece sin dejar rastro alguno? 

Si retrocedemos líneas atrás y nos sumergimos dentro de la historia que Saramago relata, nuestro país bien pudiese representar la atmosfera que el autor recrea; pero con la única diferencia de que en México la muerte parece haber sido reemplazada y en todo caso, despedida injustificadamente por los propios habitantes de nuestra tierra. 

La muerte ya no trabaja naturalmente en México. En su lugar, la delincuencia organizada, que se ampara incluso bajo las ordenes y el consentimiento de servidores públicos que esconden su verdadero rostro detrás de los trajes, de los discursos y apoyando sus acciones en el siempre fiel “Estado de Derecho”, han elaborado tal y como Saramago lo relata un “pacto” para conducir a cientos de personas inocentes o no, hacia un destino en común, hacia una fatídica muerte que es realizada por “gente de gran competencia en su especialidad” y que tras cometer tan terrible acto, parece que fuesen expertos en limpieza pues logran dejan sin rastro alguno la evidencia de los crímenes que han cometido. 

Lo que en palabras de Saramago se crea una fantasía, en México se vuelve una realidad. Las mafias al servicio de gente sin escrúpulos han logrado penetrar y corroer grandes piezas del sistema, atrayendo a sí a decenas de miembros del poder para perpetrar acciones como las que ahora reclama una sociedad dolida por la desaparición de 43 estudiantes. 

En la obra antes descrita, el procedimiento usado por aquel grupo de delincuentes era simple: atravesaban la frontera y enterraban a los muertos, cobrando por ello un dineral; sin preocuparse por la belleza de los sitios en donde terminarían los cadáveres, ni mucho menos poner atención y registrar en algún cuaderno con notas topográficas alguna que otra referencia para que en algún futuro los familiares de los fallecidos, llorosos y arrepentidos de haber consentido tan cruel acto, tuviesen la oportunidad de ir a las sepulturas y pedir perdón a sus muertos. Al ver lo ocurrido en nuestro país, parece que la técnica es la misma.

En épocas anteriores, la desaparición de tal número de personas no hubiera tenido una resonancia mayor o bien, no se hubiera puesto tanta atención como se ha evidenciado hoy en día. 

Las familias desesperadas por encontrar a sus hijos o por contar con indicios o informes que los lleven a ellos, claman a los cielos por una ayuda divina, preguntando por qué sufrieron tales actos y enseguida ponen la mira en las autoridades que hasta ahora no parecen arrojar resultados concretos tras las investigaciones que se han realizado. 

No obstante, la ola generalizada de reclamos se ha extendido como una chispa de fuego en medio de un bosque. Miles de estudiantes de todas las universidades del país se han lanzado a las calles protestando y exigiendo que esos 43 jóvenes regresen con vida y que se justicie a los culpables de tal crimen. 

Y no es porque esos chicos hayan sido conocidos de todo el mundo. Si no que es una muestra de la unión y de la solidaridad ante una causa común que no afecta a un grupo de una Escuela Normal Rural de Guerrero, sino que conmueve y genera un ardid en los millones de jóvenes estudiantes que asisten a las escuelas de nuestro país, ante la expectativa o el temor de que si ayer fueron esos chicos los que sufrieron tal crimen; mañana podemos ser nosotros también. 

De norte a sur, se han realizados manifestaciones, marchas, paros académicos y estudiantiles, mítines y debates públicos para exigir a las autoridades una mayor participación y una búsqueda más ardua y eficiente que lleve a dar con los normalistas desaparecidos. Incluso, en países del extranjero se ha visto el apoyo hacia una lucha que tiene como único fin regresar con vida a estos chicos que hoy no aparecen.

No obstante con todo lo sucedido; la dignidad parece estar todavía al alcance de la sociedad. El espíritu de cambio y de lucha se ha vuelto más ferviente dentro de los corazones de un pueblo preocupado, unido y que llora la desaparición de un grupo de jóvenes. 

Cada día en los noticieros se informa sobre un posible avance respecto de las investigaciones que se han realizado, con el fin de solucionar tal problema y responder a los cuestionamientos que la sociedad exige. Sin embargo, ha pasado ya un mes y no se halla rastro alguno que pudiera indicar a las familias el camino a seguir para reencontrarse con sus seres queridos, con sus hijos, hermanos o sobrinos que cayeron en manos equivocadas y que nomás no aparecen. 

El problema se ha vuelto una nube tenebrosa que ha cubierto no solamente a una localidad en Guerrero, sino que se ha expandido y parece que ha tapado la visión de la luz en todo el país. Las autoridades y los cuerpos de seguridad que se supone están para garantizar tal derecho, se han mezclado con el crimen organizado y ahora no solamente ordenan actos atroces como el que estamos dando cuenta; sino que también consienten este tipo de delitos y faltas, atentando contra la vida y la libertad de las personas. 

Sin embargo, esa nube no es impenetrable. Por lo menos así se ha visto en estos días. La indiferencia que se mostraba anteriormente por causas como las que acontecen hoy en día, parece resquebrajarse...como si el pueblo tuviera a su alcance otra oportunidad de redimirse y de afrontar sin miedo el futuro y lo que venga con él. Hay pequeñas grietas en esa nubosidad, que dejan pasar algunos rayos de luz y que sirven para clarear un poco nuestra visión, otorgándonos la fuerza necesaria para unirnos como el pueblo que somos y comenzar a tomar lo que por derecho nos corresponde. 
 
¿Aparecerán? ¿Seguirán vivos? ¿Se castigará a los culpables? Son preguntas que uno puede responder tajantemente con un sí o un no, derivado de la experiencia que guarda cada persona; pero si hacemos un ejercicio más reflexivo, optaremos por pedir que se devuelva en cada uno de nosotros esa esperanza, esos sueños, esas ilusiones que alguien o algo nos las arrebato y de las cuales brota la fuente para creer que México no está perdido, que aún le falta mucho por crecer y vivir y que de igual forma podemos sacar adelante al país. 

Queda claro que no es algo que se pueda alcanzar de un día para otro. No obstante, parece que los vientos cambian en nuestro país. Lo que pudiese ser visto como un fenómeno aislado, se ha vuelto un evento que puede marcar a una generación, tal como sucedió en 1968 respecto de la Matanza en Tlatelolco. 

Es cuestión de tomar iniciativa y de exigir a la autoridad que haga su trabajo, pero también teniendo en cuenta que no podemos dejar toda la carga a un presidente o a un gobernador; pues esto al final es tarea de uno y de otro, de una colectividad, de un todo, de una nación entera. 

Y si no alcanzamos a ver dicho cambio, no debemos preocuparnos...pues en palabras de Saramago: “Todo lo que pueda suceder, sucederá, es una mera cuestión de tiempo y, si no llegamos a verlo mientras anduvimos aquí, sería porque no vivimos lo suficiente”. 

¡Vivos los llevaron, vivos los queremos!